Los días obsesivos

Escuchar música puede ser maravillosamente obsesivo, pero escuchar la misma canción resulta monótono, cansado y a la postre, repulsivo. En cambio, ver llegar a la vecina de enfrente como verla salir de su casa mientras cierra el cancel
es una testarudez encantadora; hasta corres para asomarte a la ventana cuando escuchas el chirrido de aquella puerta enmohecida. Siempre será fascinante porque nunca la verás igual, a veces muy casual, a veces con un elegante vestido, en otras con ropa deportiva y un domingo muy temprano hasta despeinada y en pijama o con un camisón.
Las obsesiones están en todas partes, en todos conceptos y en cada persona predomina una u otra. Si la obsesión te enriquece, te vuelve creativo o te ayuda a mejorar, entonces es positiva. Si por el contrario, te limita, te empobrece y te encasilla cayendo en lo mismo una y otra vez, entonces es negativa. Aunque bueno, hay licencias que permiten
un estado que al tiempo se supera, como ese estribillo de José Alfredo Jiménez:

…siempre caigo en los mismos errores…”.

En la música el repertorio es muy vasto para avivar el corazón y dejarse llevar por diferentesveredas del pensamiento, con emociones o sensaciones heterogéneas. “La vida así es”, dice mi amigo don Humberto, quien puede pasar las horas
aislado de los ruidos humanos, acompañado de una buena copa y escuchar música infinita… aunque de pronto aparezca una visita inesperada. En la literatura también hay obsesiones, pienso ahorita en un Charles Bukowski con sus
narraciones monotemáticas: follar y follar, pero desarrolló un estilo en el que sus mismas obsesiones lo transfirieron hacia una evolución de diferentes contextos, atmósferas y tramas fantásticas: desde el viejo oeste hasta el mundo de las brujas, de los juguetes o monitos que cobran vida a las novedosas muñecas inflables, imprimiendo en diversidad de historias la ironía, el humor, la inclemencia de la realidad, la soledad en los hombres del siglo XX, la degradación en los suburbios, los juegos absurdos de las pasiones, el engaño y el desamor, etcétera. Pero eso sí, siempre obstinado con el
sexo. Si Freud lo hubiera leído diría: allí esta comprobada mi tesis.

Algunos escritores rebasan la mera vivencia para introducirse en la investigación y evadir esos eufóricos momentos tendenciosos en los que muchos se hunden por estar a la vanguardia.
Ahora la tendencia de los escritores-comerciales son los licántropos y los vampiros, dándoles un enfoque absolutamente romántico hasta caer en la incongruencia, alejándolos de aquello que los hace especiales, su naturaleza: el salvajismo, el instinto asesino.

En estos tiempos todo es válido, en todo puede haber permisiones, no hay nada nuevo, salvo aquéllos a los que no se les entienda nada y creen estar desarrollando un estilo. El creador literario debe ser justamente eso, como firma mi buen amigo Beto Llanes, “un hacedor de historias”, y para escribirlas, se debe partir quizá en buena medida, de
algunas obsesiones, pero hay que recrearlas como mencioné en los primeros renglones, enriquecerlas con la indagación, la constante lectura para decir de otra forma lo que ya ha sido narrado, la observación constante, y mantenerse informado de lo que acontece en el mundo cotidiano, que quizá no es nada alentador, pero allí está la propuesta: ¿cómo lo digo? Y muy importante, en el fondo de nuestra lucidez preguntarnos: ¿para qué lo hago?
Porque en efecto, hay recreación, pero quienes buscan ir más allá, en el trasfondo de sus letras hay mensajes, y el mejor resultado de haber sido leídos sucede cuando los lectores no sólo se entretienen o disfrutan la historia, sino cuando identifican el trasfondo y se adentran en esa reflexión.

Julio César Zamora Velasco

Suplemento Ágora  #2078, Diario de Colima

Los días obsesivos

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