A red day

A propósito de febrero, narraré una breve historia, un día de ésos en que el cielo es púrpura. Un día rojo que no representa peligro, sino el color de los amantes. De los anhelados labios escarlata, para desprender sonrisas y besos, para extender los brazos, y acercar los cuerpos; un día de ofrendas…

César contó los días. Por la mañana intentó escribir un poema pero los versos nunca fluyeron, y pensó que para conquistar a la mujer de ojos pardos, no habría obsequio en el mundo suficiente para ella.

A mediodía era un contagio: aquí, allá y en cualquier parte la gente lucía globos con forma de corazón, otros esféricos, con figuras zoomorfas; en una mano el globo y en la otra la cajita con un moño, o con la bolsa de dulces como los chocolates y los bombones.
Mañana, tarde y noche grana; muchachas llenas de rosas como un carnaval floreciente, o como en las generosas serenatas de Los Altos de Jalisco en el séptimo día de la semana. Los tríos, mariachis, y demás agrupaciones musicales –o solistas improvisados con una guitarra–, cantaron a ella y para ella.

César –franco y espontáneo– como la mayoría de los muchachos, obsequió una exquisita rosa para Ana; ella, como la mayoría de las muchachas, la recibió como una perla roja, y en su rostro se reveló la plenitud que solo saben reflejar las enamoradas.

A través del medio electrónico, la gente enviaba sus mensajes para descubrir los pensamientos. Y desde allá, un hombre levanta su brazo y dice a una mujer que caminaba por la otra acera: “Adriana, feliz día”. En los jardines, restaurantes, cafés, plazas, grupos de amigos se amontonaban para salir en la foto, para copear la cerveza y cantar, para conversar, abrazarse, y sonreír en todo momento que el efímero día les permitió.

En la otra realidad del mundo, los solitarios vieron una película, mujeres que se sentaron a comer solas, hombres que únicamente platicaron con el que está detrás de la barra, otros a discutir sobre lo elemental que resulta amar a alguien y ser amado; algunos, sobre economía y política.

César, con su pequeño y grandioso universo, preparó el café de Ana, un desayuno, y todo con el eterno placer de platicar con ella, verle sus hermosos ojos y el suave movimiento de sus labios al pronunciar su nombre, mientras el mundo giraba allá afuera… de color rojo.


JULIO CÉSAR ZAMORA VELASCO


Diario de Colima

A red day

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