El mejor gol de la historia

El mejor gol de la historia no lo anotó Maradona en México 68 ni Manuel Negrete en México 86. El gol de la historia lo metí yo de zurda estando en la primaria a los siete u ocho años.

La rivalidad entre el grupo ‘A’ y el grupo ‘B’ a la hora de educación física era directamente proporcional a las mentadas de madre acumuladas durante días pasados e inversamente proporcional al número de niñas que formaban parte del encuentro. Si no jugaban volleyball y se dedicaban a echarnos porras a la sombra de las palmeras, nos apendejabamos todos.

Los capitanes, que siempre eran los mismos dos pseudo-líderes de grupo, bien parecían dictadores o hermanos mayores autoritarios. A falta obvia de árbritro -o ya de perdida de profesor- que regulara y validara las jugadas, la palabra de estos dos era ley. ‘Yuyo’ por ejemplo, era el capitán autoproclamado del ‘A’. No recuerdo el nombre del capitan del otro grupo.

Los juegos más tediosos eran a las doce del medio día, patrocinados por un calor infernal y con el cansancio implícito de haber estado sentado en un pupitre dentro de un salón con ventiladores que no funcionaban durante cerca de tres horas y media.

La cancha premier a que todo niño en la escuela quería poner pie era la cancha “de los de sexto”. Sin pasto y rellena de arena de mar color negra que hundía tus zapatos boleados, fue el punto encuentro de los primeros y mejores partidos de futbol que llegué a ver en mi tierna infancia.

Algunos niños talentosos de quinto y en raras ocaciones de cuarto, tenían exclusividad cuando alguno de sexto no podía jugar o el equipo de cierto bando no se completaba.

Recuerdo que cuando era época de lluvias a finales del año escolar, se hacía una laguna en medio de dicha cancha. El partido de futbol se convertía en una mezcla de waterpolo con cross-country y era la pesadilla de las mamás que juraban matarnos cuando al regresar a casa veían las camisas blancas del uniforme completamente marrones.

Pero su coraje no dejaba ver en el hijo la satisfacción interna y la alegría producida al experimentar el mejor deporte del mundo con elementos naturales, como agua de lluvia y piedras torce-tobillos.

Ocurrió que, un día por la mañana, grupo ‘A’ se enfrentó a grupo ‘B’ como siempre. Era muy probablemente cerca del final del juego cuando la pelota salió rodando por un puntapié de alguien, después de la clásica bolita cuando nadie le pasa la pelota a nadie y todos se patean contra todos.

El destino estaba configurado de tal forma que, al ver la pelota rodando con cierta velocidad angular, me acerqué corriendo y le transferí momento lineal a la base del esférico con mi pie izquierdo, más preocupado con mandarla lejos de nuestra área que de hacer un gol.

Y ese elemento de sorpresa, del sin pensar, es el que le da el valor infinito a este recuerdo que se me va de la mente.

El tiempo se detuvo cuando todos los presentes observaban semejante ‘globito’ elevarse por el cielo. Y a mí me dió la impresión de ver cómo el esférico se detenía en su punto más alto de manera momentánea, para después continuar su descenso debido a la irremediable realidad de la gravedad.

El balón pateado fortuitamente por mi iba cayendo lentamente. Y se aproximaba cada vez más a la portería contraria. Pero era incierto su destino. El momento cumbre llegó cuando a escasos 5 metros de altura, la pelota pegó con la combinación de hojas y ramas del mítico árbol de rosa morada que floreaba puntual en primavera.

Ese toque mágico le imprimió una tranferencia de velocidad, de dirección tal que lo mandó caer, como por órden divina, aún más lenta y misteriosamente al poste derecho de la portería que protegía Eulalio, el Benji-Price del ‘B’.

Los segundos finales en la escena los recuerdo con el silencio que se produce cuando te aguantas la respiración. Eulalio se lanza al poste derecho con la mano izquierda extendida. La pelota finalmente cae, toca suelo, se levanta, levanta polvo, Eulalio cae, la pelota gira, la pelota entra. Júbilo.

Todos voltean al unísono a buscar con la mirada al perpretador de semajate cagadón del siglo. Yo, estóico, me sigo sacando los mocos mientras inconscientemente y en susurro ahogado grito ‘Gol’.

No sé si ganamos. Pero así fue como pasaron los eventos de uno de los días más felices de mi vida.

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